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Calmar las aguas adentro

Estimado lector,


El día de hoy abro pauta para conversar sobre la estrategia que puede ayudarte a seguir adelante cuando tengas por propósito realizar algún reto personal que te dé miedo e incluso tan solo iniciar algo nuevo. Aunado a entregarme a mi fe, también utilizo otras herramientas que fortalecen mi mente e inteligencia emocional. Mi estrategia favorita es la de 'calmar las aguas adentro'. Te preguntarás qué son las aguas adentro; es el encuentro de las emociones y la mente.


¿Te ha sucedido que cuando estás intentando realizar algo nuevo, te pones nervioso y sientes que no puedes controlarlo? El sentir que tu sangre corre de una forma determinada por tus venas, preparándose para decir 'no, no lo haré', es una forma de describir el 'Flight and Fight response', el estado de lucha o huida. Y solo para que sepas, el que tu sangre corra por tus venas de una forma particular sí está sucediendo.


En el estado de lucha o huida, nuestra sangre se transporta a los órganos vitales que nos ayudarán en ese preciso momento a determinar nuestra supervivencia. Para que entiendas un poco de lo que hablo, quiero compartirte una de las experiencias más increíbles que he vivido: mi ascenso a la cima más alta de México, el volcán Pico de Orizaba, localizado en Veracruz, a una altura de 5,636 metros sobre el nivel del mar. Es una de las montañas más imponentes y desafiantes del país; a todos los que intentan alcanzar su cima les impone respeto.


Durante esta experiencia, hice equipo con seis personas y tres guías. Un año antes, al realizar el ascenso a la cima más alta de nuestro estado, el Picacho del Diablo, Mónica, Olga y yo nos propusimos el reto de realizar el ascenso a las cuatro cimas escalables más altas de México en una semana. Las montañas eran el Nevado de Toluca, Iztaccíhuatl, La Malinche y el Pico de Orizaba. Las cuatro montañas maestras de México, y digo maestras porque te enseñan resiliencia, fortaleza y humildad. Tres virtudes que son vitales para lograr un equilibrio entre nuestra capacidad y reconocer nuestras propias limitaciones.


Semanas antes de que llegara la tan esperada fecha, nos enteramos de un incidente en el que un grupo de cuatro personas, incluido el guía de la expedición, se resbaló en el glaciar de Jamapa, en el Pico de Orizaba. Todo el grupo falleció. En ese período, realizábamos actividades de entrenamiento en las montañas de California de manera frecuente. Por supuesto que hablamos del tema y, claro, nos invadió el miedo. Éramos conscientes del riesgo que implicaba intentar estos ascensos; en la montaña, la presencia puede ser una cuestión de vida o muerte. Y aquí es donde entra la estrategia de calmar las aguas adentro. Para darte mayor contexto, profundizaré en la experiencia y algunos de los pensamientos que cruzaron por mi mente, y de qué forma los abordé para mantenerme alerta en la situación de una forma serena.


No hay plazo que no se cumpla, ni fecha que no llegue. Posterior a realizar el ascenso en el ‘Nevado de Toluca’ y ‘La Malinche’ con éxito e intentar la cumbre de la montaña ‘Iztaccíhuatl’, la mujer dormida, donde se avista el volcán Popocatépetl, llegó el día en que nos trasladamos al municipio de Tlachichuca, localizado en el estado de Puebla, donde nos hospedaríamos en un hostal durante la noche previa a intentar nuestro ascenso a la cima más alta de México.


En la estadía en La Malinche, realizamos una práctica para el uso de los crampones. Debo confesar que fui la más tardada del grupo en colocarme los crampones y me costó aprender, durante el entrenamiento, a caminar con ellos, así como realizar la maniobra de seguridad en la cordada con el piolet. Así que, al día siguiente, en mi determinación de mantenerme segura, hice lo siguiente: fui la primera en despertar, tomé el equipo de seguridad y comencé a ensayar una y otra vez lo que habíamos aprendido el día anterior hasta dominarlo. Aunque en ese momento no lo sabía, ya estaba calmando las aguas adentro.


Regresando al día previo a nuestro ascenso, el grupo entero estaba nervioso; varios se enfermaron del estómago, lo que asocio con los sentimientos de estrés y ansiedad que pudieron estar viviendo. En ese momento, me convertí en una observadora, alejándome así de los pensamientos de duda y miedo, y enfocando mi mente en cómo mantenerme segura en mi ascenso. Ese día por la tarde, subí al techo del hostal, contemplé la vista del Glaciar de Jamapa en el imponente volcán Pico de Orizaba, el mismo que había sido testigo de múltiples caídas de personas en el pasado, pero yo estaba en el presente. Este volcán regresó a muchos otros sin culminar su ascenso; al resto les otorgó el permiso y honor de suspirar a la vista del enorme cráter que se encuentra en su centro, admirar las nubes y otras montañas desde su cima.


Justo en ese momento acepté el miedo; me di cuenta de que lo único que importaba era lo que elegiría hacer con ese sentimiento. Tenía dos caminos a elegir: podía decidir no hacer el ascenso (huir) o intentar vencer el miedo (pelear). Opté por la segunda. Aunque la forma en la que decidí pelear esta batalla estaba fuera de lo ordinario, era una forma de meditación, entregándome así a algo más grande que habitaba en mi interior. En el techo del hostal, sostuve una profunda conversación con el volcán Pico de Orizaba. Le dije: 'Es mi anhelo estar contigo y, si me lo permites, prometo estar tranquila y no tenerte miedo.' Me senté en el piso del techo y medité; estuve en silencio durante veinte minutos, concentrada en mi respiración, y una vez que me sentí lista, me levanté.


A continuación, salí a trotar hacia el lado contrario del Pico de Orizaba. Al recorrer las calles de los alrededores, podía ver al final que el sol estaba descendiendo. Al escribir esto, aún puedo sentir en mi interior el momento en que cerré mis ojos y suspiré ante tan magnífica belleza. Logro ver ese atardecer, naranja y fuego, la luna en el horizonte y el momento equilibrado en que el día y la noche se encuentran; la dualidad en todo su esplendor. Ese día, me detuve unos segundos y contemplé, sin voltear a ver hacia atrás al volcán. Sabía que para esto llegaría su momento; tan solo observaba lo que ante mí yacía, la belleza de un instante. Di la vuelta y regresé al hostal para descansar. Desde ese instante, tenía fijo en mi mente lo que haría con el miedo: lo sostendría presente por el tiempo que fuera necesario y, cuando llegara el momento, lo soltaría, como el atardecer que dura en un instante.


Hay una canción que me acompañó en esta aventura, '2 Oceans' de Trevor Hall. La canción dice así:


´´Balanced

I'm challenged

I try to shift the currents of my mind, oh

Don't suffer with the times

Don't settle for this cruel, cruel world

This old world

You'll never survive If you don't try

To calm the waters on the inside

On the inside you're the moonlight

On the outside gotta hold tight

Let the storm pass, yeah

Then you'll walk on water ´´


Así lo viví, así lo pensé, así me mentalicé. No podía cometer el error de permitir que el miedo y los nervios me inundaran. Mi deber era tranquilizarme, aceptar el miedo, sin permitir que controlara mi mente, emociones y cuerpo. Dejar pasar la tormenta interna para después caminar sobre el agua. O, en mi caso, caminar en ese hermoso e imponente glaciar, sosteniendo el piolet hacia el lado de la montaña, lista para realizar la técnica de seguridad, clavar la pica en el hielo, pero sin pensar en que tendría que hacerlo, abordando cada situación en el momento presente.


Al día siguiente, llegamos al campamento alto aproximadamente a las cinco de la tarde para intentar dormir. Iniciamos nuestra caminata a las once de la noche y yo cantaba 2 Oceans (si yo soy la que canta en las caminatas, en la bicicleta y mientras corre, no únicamente en la regadera). Una hora después, volteé hacia atrás y observé cientos de luces; las lámparas de todas las personas que sostenían la esperanza de llegar a la cima estaban encendidas. Eso, queridos lectores, es la fe... la luz en la oscuridad.


Al arribar al Glaciar de Jamapa, fui de las primeras en colocarme el equipo de seguridad para continuar el ascenso en la parte más técnica del volcán. En cada paso, sostenía el piolet firme; estaba concentrada y lo único que repetía en mi mente era: ‘calma las aguas adentro’... durante ocho horas. Mi mente fue una con mi cuerpo y alma. Dejé la emoción, reforcé el respeto por la montaña y la creencia en mi propia capacidad.


Una hora antes de llegar a la cima, llegamos a la piedra del arrepentimiento. En este lugar, muchos de los que intentan ascender a la cumbre se regresan. Mi equipo estaba liderando el ascenso: el guía en punta, yo en el centro y una amiga que conocí en esta travesía, al final de la cordada. Tomamos un breve descanso para encontrarnos con un perfecto triángulo que hacía sombra en el horizonte al amanecer. La montaña es poder, es algo magnánimo, es eso que saca de ti lo que ya vive dentro. Y así, después de unos minutos, continuamos con el ascenso.


Nos encontrábamos a treinta minutos de la cumbre cuando la cuerda de mi compañera comenzó a tensarse; ella estaba exhausta, tenía los labios morados y nos repetía que ya no podía continuar. El guía y yo comenzamos a sostener la cuerda con más fuerza... No era el momento mío de flaquear, conocía los riesgos de que alguien se cayera... justo era el instante en el que tenía que tener más inteligencia emocional. Cuando estás en una cordada de seguridad, la vida de uno depende del otro; en caso de una caída, las otras personas de la cordada debemos reaccionar rápido y realizar la maniobra de seguridad clavando el piolet en el hielo y subiendo los pies para evitar encajar los crampones e irnos hacia enfrente, lo que puede resultar en una voltereta. Tenía una responsabilidad... mi compañera estaba agotada, había que disponer de la fortaleza mental por la seguridad de todos... No lo hice sola, durante una hora el trabajo en equipo que realizamos fue en total coordinación y presencia.


Al llegar a la cumbre, solté; fue como arrancar de mi cuerpo la fuerza que me había mantenido presente y el silencio se apoderó de mi mente. No solo las aguas adentro estaban calmadas, también mis pensamientos; no había uno solo en mi mente, las nubes se habían disipado. Lo que experimenté en ese silencio no puedo explicarlo con palabras; recorrían mi cuerpo una paz y tranquilidad inigualables. Mi mente no cuestionaba nada, no tenía que hacer nada. Mi cuerpo se entregó a la superficie de la cima. Me senté de nuevo, ahora en el techo de México, al igual que en el hostal de Tlachichuca, para permitir a mis ojos observar el cráter y el horizonte. Sin emitir el más mínimo sonido, sin que traspasaran tampoco las voces de las personas a mi alrededor; fue el momento más lleno de iluminación que he vivido hasta ahora. Las aguas adentro se habían detenido en el tiempo, emociones y mente; al igual que el día y la noche se cruzaron en el atardecer de Tlachichuca para formar fuego. En esa cima, mi mente y emociones se unieron para avivar mi fuego interno.


Tres semanas después me fui a un retiro en Huasca, Hidalgo, que organizó mi mentora Claudia Zaragoza. En este viaje conocí a Christian, a quien, a pesar de conocer en tan breve tiempo, logré admirar su historia. Le conté mi experiencia, y él me dijo que lo que había experimentado en esa cima era el estado de ondas Theta, que son dominantes durante la meditación. Ya les contaré un poco más adelante sobre mi amigo y su vida; su historia está llena de tenacidad y una energía aguerrida. Es una persona inteligente, con una gran capacidad y un corazón enorme; nació con una condición de salud llamada Hemimelia Peronea; después de pasar por diversas cirugías y otras situaciones de salud eligió el lente que tendría puesto el resto de su vida: el de la fe. Le dio la vuelta a ser el caso diagnosticado con esta condición de uno en un millón, y, cambio su vida. Doy gracias por haberlo conocido.


En Huasca consolidé el aprendizaje que me dejó Pico de Orizaba. Ahí entendí que lo que había experimentado en esa cima era 'calmar las aguas adentro'. Un estado de profunda conexión con mi espiritualidad y con Dios. Reflexioné sobre el momento después de llegar a la cima; mi equipo y yo esperamos durante una hora al resto del grupo. Cada uno vivió su propia batalla interna. Al arribar los otros dos grupos, los observé caminar por el sendero hacia la cumbre; todos ellos lloraron al llegar, pero yo no podía llorar. Era tanta la paz que sentía en mi mente y mi alma estaba inundada de ella. Estuve concentrada en estar presente en cada paso que daba, uno tras otro durante horas; que al llegar a la cima y soltar el pensamiento, lo único que pude sentir dentro fue agradecimiento por estar viva. Di gracias por el sol, por la montaña, por todos los retos y fracasos a los que me he enfrentado a lo largo de mi vida. Entré en un estado de meditación, al igual que en caminatas, pero en esta ocasión se había multiplicado.


En una conversación con mi mejor amiga Karla, me dijo: 'Sabes que yo puedo hacer esto' (puso un ejemplo) 'porque creo en mi capacidad y tú no puedes hacerlo, ¿verdad? Sin embargo, yo no podría hacer lo que tú hiciste en esa montaña o lo que haces en tu entrenamiento de triatlón'. Karla se refería a que ella no podía calmar las aguas adentro estando en una situación así. Aquí llegó otro aprendizaje: ser consciente de que el camino es con uno mismo. Y esto no se trata de sentirnos mejores que los demás, de ego o superficialidades; es simple: el único al que le vamos ganando día con día es a la versión de nosotros mismos que, al igual que las nubes, se va disipando para dar la bienvenida al presente.


Desde ese día, practico calmar las aguas adentro, ya sea en la alberca, en el mar, en la bicicleta, cuando entra el más mínimo pensamiento de 'no puedo más' o en los desafíos de la vida cotidiana. Otra cosa que aprendí recientemente es a practicar calmar las aguas adentro cuando estoy cansada, porque, si así lo deseo, puedo entrar en un estado de fluidez. Solo debo sostener en mi mente un pensamiento por un determinado período de tiempo y después soltarlo. La idea es la siguiente: este es justo el momento cuando debo entrenar con más ímpetu, ser más determinada y elevarme por sobre mis emociones.


Hace unos días desperté sin ganas de hacer ejercicio, pero como he dominado la constancia, asistí a la alberca. Practiqué la sentencia que te he compartido, mientras nadaba quinientos metros sin descanso en el intermedio de mi rutina. Recuerdo hace un año y medio estar en la misma alberca con un popote de plástico colocado en mi cadera, no recorría veinticinco metros sin detenerme. Al día de hoy, me siento una con el agua, bajando mi brazada izquierda, después la derecha, y aprendiendo a respirar con calma. Todo porque decidí calmar las aguas adentro.


Hubo un tiempo en el que pedía por el incremento de la confianza en mí misma; lo escribía en mi diario personal, una y otra vez. Estaba equivocada: no se trataba de pedir por el incremento de la confianza en uno mismo, sino de andar el camino. Tener fe e ir construyendo mi propia confianza; dar un paso cada día y no detenerme, a menos que fuera para explorar y reconocer la persona en la que me he convertido. Una persona que cada día practica calmar las aguas adentro.


Con amor para ti, por tu inteligencia emocional, salud y negocios.

 
 
 

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