Donde comenzó mi historia
- Maria Conde
- 25 may 2025
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 26 may 2025
Querido lector:
Cuando era niña, recuerdo decirle a mi padre que sería escritora. Su respuesta —aunque hoy comprendo que nacía de su experiencia de vida — fue contundente, aunque llena de preocupación: “De eso no vas a vivir, necesitas estudiar algo de verdad, algo que te dé dinero, con lo que puedas tener un trabajo real y comprar una casa”. En ese momento no lo entendía, pero hoy sé que hablaba desde la realidad de nuestro entorno y desde su particular lenguaje del amor.
Después de atravesar diversos desafíos en mi adolescencia (de los que no hablare en este momento), elegí estudiar Negocios Internacionales. Tomé infinidad de cursos (nunca eran suficientes), obtuve certificaciones adicionales en Dirección de Proyectos e Ingeniería Industrial. ¿A qué me llevó todo esto? A postergar mi sueño. Y, sin embargo, a construir una historia que, sin saberlo, ya estaba encaminada a retomarlo algún día.
Las decisiones que tomamos no siempre tienen que clasificarse como correctas o incorrectas. A veces están ahí para edificar el sendero hacia una vida más congruente con quienes somos. En este viaje he tenido el tiempo, la soledad y el silencio necesarios para reflexionar sobre la escritura y la acción con propósito, de la cual mi historia forma parte.
Toda mi vida he sido una escritora. Una que sueña mucho. De niña escribía sobre mis mascotas; de adolescente, sobre aventuras con mis amigos y amigas. Siempre fui una observadora silenciosa. Crecí en un pequeño departamento de dos recámaras: uno de mis padres y otra que compartía con mis dos hermanos, en un edificio de color beige con rojo (que ya no es rojo), de cinco pisos, con dos departamentos por nivel.
En la esquina de la calle de mi hogar, cuatro edificios idénticos componían el fraccionamiento. Así se multiplicaban a lo largo de varias manzanas. En el corazón del conjunto había un estacionamiento donde a veces los vecinos jugaban futbol o beisbol. Teníamos solo unas pequeñas canchas de basquetbol en mal estado, unos columpios y un pasamanos que compartíamos todos. Ahí jugué durante años.
En ese lugar soñé y soñé. Contemplé el cielo en incontables ocasiones, sumergida en mi imaginación de escritora. En la calle de enfrente había una paletería; aún recuerdo el sabor de los nachos que comprábamos cuando mi papá hacía suficiente tiempo extra para darnos ese lujo. Nunca tuvimos clases particulares de arte o deportes: mis padres no podían costearlo. Aunque teníamos nuestros pequeños hábitos cotidianos, esos rituales sencillos que también forman una infancia. A un lado de la paletería aún están las escaleras de tierra, con cemento desgastado y paredes llenas de grafitis, que conducen al otro fraccionamiento.
Prestaba tanta atención… Me di cuenta de cómo el estado de las calles fue empeorando, y cómo eso comenzó a volverse normal. Observaba la basura, como los árboles se iban secando y el pasto se marchitaba por falta de mantenimiento. Entonces me preguntaba: ¿por qué nuestra comunidad se va apagando si a todos los trabajadores se les retienen impuestos que deberían llegar a estas zonas? La mayoría de las personas allí trabajaban en fábricas —como mi padre— a tiempo completo, siempre haciendo horas extra. Nunca suficientes como para ser recordados.
Los espacios desatendidos por la justicia social son muchos. Hay demasiados lugares como aquel donde crecí. Sitios donde se dice que las oportunidades son cuestión de suerte o de ser inteligente. Pero, desde mi perspectiva, ni la suerte ni la inteligencia forjan por sí solas un camino. Como sociedad, podemos crear un futuro mejor, incluso en medio de un entorno donde la búsqueda de sentido parece una lucha constante por sobrevivir. En vez de esperar que el mundo cambie, debemos convertirnos en ese cambio.
Algunos de mis amigos y amigas de entonces ya tienen hijos. Siguen esperando oportunidades para ellos, trabajando jornadas completas —y, por supuesto, también tiempo extra. Son historias de las que podemos aprender a comprender el dolor. Historias que muchos sueñan con abandonar, y de las que, para otros, ya no existe salida posible.
Hay lugares que nos atrapan con la promesa de una mejor calidad de vida. Y aunque, sin duda, la nuestra fue mejor que la de nuestros abuelos y padres —quienes no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela—, ese lugar fue una promesa para ellos. Y para nosotros, sus hijos. Nos mudamos cuando yo tenía tres años. A esa edad cargaba una pequeña lonchera llena de pulseras de cuentas de colores y me llamaban “adulta” por mi mente perspicaz. Aprendí a leer al poco tiempo. Crecí rápido, demasiado rápido.
La promesa de ese espacio —que para mis padres era un futuro mejor para sus hijos— para mí se convirtió en algo aún más grande que querer ser escritora, yo deseaba que esa promesa nos alcanzara a todos en mi comunidad. Pero no fue así. Tuve que salir de ahí para darme cuenta de que hay más allá de esas promesas… Y aun así, no dejo de mirar atrás.
Hace unos días, leyendo a Séneca, encontré la siguiente frase:
“Life is short and anxious for those who forget the past, neglect the present and fear the future.”La vida es corta y llena de desasosiego para quienes olvidan el pasado, descuidan el presente y temen al futuro.
Es el pasado y sus lecciones lo que definirá nuestro porvenir.
De forma personal, me he dado cuenta de que últimamente he comenzado a aprender del pasado con más conciencia, aunque durante muchos años fui negligente con él. Ese aprendizaje me ha llevado a vivir mi presente con mayor intención y dirección. Y, a medida que lo comparto, siento lo que Séneca describe como la combinación de todos los tiempos:
“El tiempo pasado lo asimilo desde los recuerdos. El presente lo uso, lo vivo. Y el futuro por venir lo anticipo.”
O en mi caso… lo escribo.
¿Te preguntas qué estoy anticipando? Un futuro que no sea solo individual, sino colectivo. Y aunque siempre habrá cosas fuera de nuestro control, desde la presencia —desde vivir con más consciencia— podemos diseñar un mejor futuro para las generaciones que vienen.
Porque el amor no es algo que exista solo en una pareja o en una persona. El amor verdadero existe más allá: es amar a cada ser, a cada árbol, al sol, la luna, la madre tierra, tanto como a las estrellas y a todo lo que existe en el universo. Ese es el verdadero amor.
Ahora te pregunto:
¿Puedes amar más allá de tu pareja, de tus hijos, de tu entorno conocido?
¿Puedes amar a las personas que enfrentan desafíos sociales y estructurales? ¿Puedes hacer de este mundo uno mejor del que encontraste?
Si tu respuesta es sí, te invito a observar tu entorno con ojos conscientes. A no quedarte en la comodidad o en la queja. A tomar acción. A unirte a esta comunidad que, con el estandarte de la educación, busca elevarnos los unos a los otros desde el autoconocimiento, la presencia (gestión del tiempo) y la acción con propósito.
Amar más allá de uno mismo no es un lujo, es una forma de justicia. Ser presencia en medio del olvido… es una revolución silenciosa. De eso se trata la acción con propósito en Elevate.
Para no perder la costumbre, quiero dejarte la canción “Seek and Find”, de mi cantautor favorito, Trevor Hall. En sus letras nos invita a dejar de buscar afuera y comenzar a explorar el mundo interior: ese “espacio sagrado” donde habita la sabiduría. No es solo una canción: es una filosofía de vida. Dejar de correr fuera y aprender a escuchar dentro. El amor que transforma no se limita a lo conocido; se expande, habita en lo olvidado, y florece incluso en tierra árida.
Cuando estés listo para escucharla, haz clic AQUÍ.
Desde Nueva York,
Tu escritora,
María Conde
La imagen de portada es de una visita que hice hace tres años al lugar donde crecí. Volver fue un acto de memoria y reconciliación.




Gracias por compartir tu historia y como ves, desde el presente, ese pasado en memoria y reconciliación 🙏🏼🙌🏼