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Las cosas hermosas no piden atención

Actualizado: 21 may 2025


Querido lector:


Esta mañana desperté pensando en la cantidad de palabras, ideas e inspiración que he alcanzado en Nueva York. Salí a correr con vista al río Hudson y me preparé para concluir este artículo en The Hungarian Pastry Shop, con un delicioso café.


La semana anterior tuve un episodio bastante incómodo de alergia respiratoria, motivo por el cual no publiqué artículo. Mi cabeza estaba por todas partes y no podía concentrarme del todo, así que decidí tomarme un breve descanso.


Por lo regular soy muy optimista en mis artículos. Eso no quiere decir que no enfrente desafíos. Y créanme, tener una alergia severa en una ciudad desconocida, sin ningún familiar o amiga que te cocine un caldito de pollo, sí te pone triste. Después de lamerme las heridas —y de lamentarme un poco— decidí compartirte lo que escribí durante el Cello Concerto conducido por Simone Young, el pasado 2 de mayo, y la exquisita experiencia que presencié en el David Geffen Hall, protagonizada por Steven Isserlis, un destacado violonchelista británico, reconocido por su expresividad y profundidad musical.


Isserlis también ha escrito libros para niños, donde presenta historias sobre compositores famosos de forma accesible. Eso demuestra su compromiso con la música y el impacto social. Te dejo aquí su sitio web: stevenisserlis.com, por si quieres acudir a alguno de sus próximos conciertos.


Quiero hablarte también de los compositores que fueron celebrados en este concierto. Robert Schumann, de origen alemán, vivió marcado por una dualidad interna —él mismo hablaba de dos personajes dentro de sí: Florestán, el impulsivo, y Eusebius, el reflexivo—. Su inestabilidad mental lo llevó a un intento de suicidio y a morir internado. Aun así, su música es profundamente íntima, poética, de estructura libre, a veces melancólica, otras ensoñadora. Es, en esencia, un diario del alma.


El primer tiempo fue interpretado por Isserlis y conducido por Young. Abrió con el Notturno de Schoenberg, compositor austríaco que rompió con la tradición tonal y comenzó a escribir música sin un centro definido. Luego siguió el Cello Concerto de Schumann.


Observar a Isserlis tocar fue una experiencia mágica. La pasión, la alegría —incluso la euforia— con la que se entregaba al violonchelo era como una ensoñación. Sus ojos parecían una mezcla de locura y misticismo en cada articulación del arco. Me sentí parte de ese espacio. Me dije: “Esto soy”. Ese trazo invisible del alma representado en el arte es una parte de lo que admiro y de lo que soy.


Isserlis, con su cabello largo entrecano, vestido con traje y camisa negra, tenía a todo el David Geffen Hall cautivado. Podía ver los rostros de sus compañeros de orquesta —violinistas, músicos de viento— mirándolo directamente o de reojo, con expresiones de profunda admiración. Y así supe que era un maestro. Leer sobre su impresionante trayectoria solo confirmó lo que ya se sentía al escucharlo: una voz auténtica, con décadas de profundidad detrás de cada nota.


Después del intermission —la pausa programada—, Simone Young regresó para dirigir la Sinfonía No. 6 de Anton Bruckner, compositor austriaco influenciado por una profunda fe católica, una vida modesta y una conexión especial con la naturaleza. En palabras de un asistente con el que crucé algunas frases: “En la música de Bruckner se puede sentir a Dios, a los árboles y a la naturaleza entera.”


Tal vez por eso conecté de inmediato con la Sexta Sinfonía. Hasta el momento he vivido muchas experiencias nuevas, y todas han sido un deleite para esta mujer creativa. Pero este momento ha sido, sin duda, uno de los que más atesoro. Tengo la firme decisión de repetirlo.


Justo antes de iniciar la sinfonía, un hombre mayor sufrió un incidente de salud. El personal del evento acudió a auxiliarlo. Todo era silencio. Simone Young y la orquesta esperaban, en pausa total. El más mínimo detalle puede transformar un ambiente.


La persona comenzó a caminar por el balcón, sosteniéndose del barandal. El público entero lo miraba, expectante. Y de pronto, la música estalló en un frenesí majestuoso. El inicio de la sexta sinfonía fue hipnótico, sobrio y brillante a la vez. Parecía predestinado a ese espacio, a esa hora, a ese instante.


En mi mente pasaron decenas de pensamientos que comencé a escribir al ritmo de los primeros y segundos violines, violas, violonchelos, flautas y otros instrumentos.


El siglo XIX y XX estuvieron marcados por el romanticismo, la modernidad y sus rupturas. Eso se reflejó en el etéreo Notturno de Schoenberg, el Cello Concerto de Schumann y la Sexta Sinfonía de Bruckner.


A mi edad, siento que apenas estoy comenzando a vivir. Y en mi mano derecha solo necesito una pluma para escribir todo este sentir. Me preguntaba: ¿cómo se llama lo que sostiene esa mujer en la mano? Era como mi pluma. Ahora sé que se llama batuta. Sirve para marcar el compás, las entradas, los cambios de dinámica y el tempo. Aunque no emite sonido, es el lenguaje visual de quien guía la orquesta. Y pensé: cada instrumento es como un árbol. Es una espiral energética. Todo está perfectamente sincronizado. Quien dirige flota, vuela en cada acorde.


Siempre supe que el mundo era grande. Ahora lo veo con mis propios ojos y lo percibo con mis otros sentidos. Lo imaginé tantas veces… y este momento es como una perla en el inmenso océano.


Recordé una frase de la película La increíble vida de Walter Mitty:“Las cosas hermosas no piden atención. Solo son.”Y así eran ellos. Cada integrante de la sinfonía estaba simplemente siendo.


Si viste la escena donde Sean O'Connell espera ver al leopardo de las nieves en los Himalayas y, al encontrarlo, no toma la foto, sino que lo contempla… sabes de lo que hablo. Si no la has visto, te dejo la película completa aquí.


Este tipo de experiencias nos invitan a vivir el presente, a capturar los instantes en el corazón sin intentar definirlos, solo habitándolos.

Ahí estábamos, en el salón David Geffen Hall. Alrededor de mil quinientas personas, escuchando cada nota como si viniera del corazón de un árbol. Sin tomar una sola foto. Sin grabar más que en nuestra memoria.


Me sentí profundamente conmovida. Recordé momentos oscuros de mi vida y cómo, igual que la música, supe levantarme de ellos. Esa es la magia de estas experiencias: las emociones que despiertan, lo que nos recuerdan.


Para algunos, esto puede carecer de valor. Pero para quienes saben apreciar —como yo, que busqué con detalle el mejor asiento—, estar en el centro de la sala, cerrar los ojos y dejar que la música amplificara mi corazón… fue un deleite absoluto.


Al final, se escuchó un aplauso largo, sostenido. Y sí, ahí sí me permití grabar un pequeño video. Como recordatorio de lo que es digno de ser admirado.


Para no perder la costumbre, quiero dejarte la Sexta Sinfonía de Bruckner. Deseo que la disfrutes tanto como yo.


Cuando estés listo para escucharla, haz clic AQUÍ.


Tu escritora,

María Conde


Fuentes consultadas:
  • Programa oficial del concierto en David Geffen Hall, Lincoln Center, Nueva York (2 de mayo de 2025).
  • Sitio web oficial de Steven Isserlis: www.stevenisserlis.com
  • Información curatorial del evento impresa en el panfleto entregado al público.
 
 
 

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